Lee aquí la entrevista completa que me hizo Juan Peces, crítico de fotografía y colaborador habitual de The British Journal of Photography, para la revista de arte contemporáneo Beis.

Disfruta. El proyecto fotográfico ‘Enjoy’, de Juan Barte, propone una inmersión en la nueva escena artística madrileña.

Un imperativo, la palabra “disfruta” en inglés, aparece tatuado en el torso desnudo del artista Abel Azcona. La imagen abre el último proyecto del fotógrafo Juan Barte sobre la nueva escena artística madrileña, ‘Enjoy’, al que ha dedicado seis años de trabajo. El también coordinador del Photobook Club Madrid ha elaborado una maqueta de fotolibro cuyas imágenes simbióticas trasladan al espectador a los estudios/hogares de una serie de artistas plásticos y performativos, en una amalgama de representación y co-creación artística.

‘Enjoy’, un proyecto inédito, invita a ver la fotografía como práctica artística y semiperformativa, representando a la vez un estado creativo, la personalidad del artista y la colisión de arte y vida. De la interacción entre sujeto y fotógrafo se infiere la vulnerabilidad y la fortaleza del artista, dentro de un proceso de autoafirmación consciente.

—Cómo surge este proyecto?

Ha habido varios factores. Uno ha sido el hecho de conocer gente del mundo del arte que está haciendo cosas muy interesantes y la constancia de que Madrid no es una ciudad conocida como un centro de creación como pueden serlo Berlín, Londres o Nueva York. Reflejar esa nueva escena del arte en Madrid fue uno de esos motivos. Luego hay un motivación personal: mi fascinación por el mundo del arte. Es también un viaje que me ha llevado desde un trabajo en una corporación como Disney a la fotografía de autor.

—¿Habías abordado antes el mundo del arte (como fotógrafo)?

Sí, estuve fotografiando en un proyecto anterior a artistas españoles relacionados con el Grupo El Paso: Rafael Canogar, Luis Feito, Martín Chirino o Francisco Farreras. Esas fotos fueron expuestas en la Catedral de Cuenca en el marco de la muestra colectiva ‘La poética de la libertad’ (2016).

—En este proyecto parece como si la fotografía fuera la cuarta pared de un espectáculo, en la que el observador interactúa con los actores.

Es un encuentro entre realidad y ficción: en este caso, entre mi idea, mitificada, de lo que es la vida de un artista (ficción) y la realidad, que son estos artistas trabajando en sus estudios. Esa mezcla de realidad y de ficción es algo común en todos mis proyectos fotográficos. En ese sentido, aprovecho para tocar temas que a mí me interesan mucho personalmente: la libertad individual, la vida como un acto creativo y la opción de construir tu propio estilo de vida.

—¿Entonces no es un proyecto documental?

No. Casi no se reconoce a nadie en ‘Enjoy’, y eso es una característica de mi trabajo: nunca busco la mirada directa del retratado. Tampoco he querido entrar en esa dinámica de “quién es quién” en el mundo del arte. Eso se habría interpuesto en el camino de ver las fotografías como yo quisiera que sean vistas: una metáfora que me permite abordar los temas que he mencionado.

—Los artistas se prestan a un juego que supone la utilización de máscaras y elementos propios del arte dramático.

De alguna forma, los artistas se ven cómodos en ese juego y por eso se prestan a él. Intento empujar al artista en la dirección que yo quiero para el proyecto, pero tampoco se trata de algo totalmente fingido o posado: hay un vínculo detrás. Por eso el proyecto se mueve en la (fina) línea entre realidad y ficción.

—En algunas de las imágenes se percibe un carácter andrógino, o un travestismo de identidad que tiene que ver con la naturaleza del arte. También hay algún desnudo.

Me interesa tocar ese tema de nuestra tolerancia como sociedad hacia otros modos de vida que se pueden apartar del ‘canon’ y generar ese debate. Más que como travestismo, yo lo llamaría ‘indefinición’ de género. Para mí es importante porque pienso que estamos en una época con nuevas formas de censura, como si hubiera algo malo en el cuerpo humano que hay que cubrir. Son ideas zombi, vuelven, aunque pensábamos que estaban superadas, muertas. Por eso me parece importante en este momento un proyecto de esta naturaleza.

—Me pregunto si a los artistas les gusta verse reflejados como tales, y si entienden que la fotografía aquí posibilita una especie de ‘performance’ transversal que conjuga diferentes artes.

Hay un poco de todo. Ese entendimiento, cuando se da, es implícito. Tú notas, al tomar las fotos, si la persona que tienes frente a la cámara entiende lo que está ocurriendo allí y juega a ello, y eso se ve reflejado en el resultado. Otros artistas son muy conscientes de su imagen y no te puedes salir ni un milímetro de cómo quieren verse representados.

—En una imagen se observa el lienzo sobre el que trabaja Santiago Giralda, en otra, la máscara de animal tras la que se oculta el artista urbano Okuda San Miguel. Una foto nos muestra a un artista cubierto por una máscara para pintura y con un aerógrafo en la mano.

Ese es Eugenio Merino, autor de la pieza ‘Always Franco’, que fue muy controvertida durante su exhibición en ARCO 2012. Cuando trabaja en sus esculturas usa máscara porque el tipo de pintura es muy tóxico.

—¿Favorece algún tipo de lectura en la estructura del fotolibro?

La maqueta tiene una forma de organizar la secuencia de imágenes basada en un criterio más visual y conceptual que temporal. Todo ocurre al mismo tiempo, y las fotos están conectadas por su actitud, tono y lugar. Dejo a la audiencia esa tarea de sacar sentido de todas ellas. Intento que el acto de mirar se convierta en algo creativo.

—Uno se pregunta cuál sería la banda sonora de este trabajo, si se mostrara como proyección audiovisual.

Es curioso, porque en mi trabajo me inspiro mucho en la música. Este trabajo es muy ‘rock & roll’, aunque no está tan marcado por la música como mi otro proyecto en curso, ‘Ibiza 69’.